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¡Última parada! Las Pozas, el refugio-sueño de un hombre-niño

Si Jalpan de la Serra fue un remanso debido a nuestra estancia durante el fin de semana, Xilitla es pura ebullición con sus 55 mil habitantes.

San Luis Potosí, México.

¿Y si visitamos Xilitla? Lanzo la pregunta. “Total, ya vamos a estar por allá”, refuerzo mi sugerencia esperando ser convincente.

El “allá” se refería a la Sierra Gorda queretana tras la invitación para visitar Jalpan de Serra y sus alrededores. Mi idea al estar en la región de la Huasteca era “saltar” de Querétaro a San Luis Potosí.

“Son tan solo 84 kilómetros”, digo convencido, esperando que la poca distancia aliente la nueva ruta que nos lleve a Las Pozas.

¿En cuánto tiempo se pueden recorrer 84 kilómetros? Cuando hay rectas con algunas curvas, sin duda en menos de una hora. Pero cuando estás en las entrañas de la sierra, las curvas imponen su ritmo y no queda más que soltar el acelerador, tomar control del volante, estar alerta y disfrutar del paisaje.

Bullicio en Pueblo Mágico

Xilitla, con sus 55 mil habitantes, tiene raíces coloniales e indígenas y es Pueblo Mágico desde 2011. Esa herencia se refleja en los rostros que, apurados, van a sus diligencias cotidianas mientras nosotros nos dirigimos a la nuestra.

Si les ha pasado lo mismo, por favor dense el tiempo para ir a YouTube y buscar videos tomados con drones de este refugio de magia donde, en medio de tupidos árboles, verde naturaleza de jardín y selva, cascadas y espigadas torres con cientos y cientos de escalones que llevan al infinito de la nada, razón e imaginación son desafiadas.

Pese a la pandemia y a lo lejano que pudiera estar Las Pozas, hay decenas y decenas de autos. El turismo empieza a moverse cada vez más. El virus ha limitado la libertad y aquí, donde James buscaba la máxima, la administración ha tenido que restringir las visitas a grupos de 25 personas con guía oficial y en un recorrido de una hora y media.

Remanso en el edén

De 1951 a 1984, el Jardín Escultórico Edward James, Las Pozas (su nombre oficial), fue creado por el excéntrico sueño de un noble y multimillonario escocés en complicidad de Plutarco Gastélum y con un equipo que, a través de los años, sumó a unas 150 personas.

Por eso, para compenetrarse con Las Pozas hay que tenerlo muy en cuenta, dejar la lógica y la estética racional bien guardaditas en lo más profundo de nuestra psique y dejarse llevar por lo onírico y, de alguna manera, por la ingenuidad.

Porque aquí, James enraizó y potenció su Yo niño, la candidez seducida por la locura para erigir a capricho, en la nada, unas construcciones que no sirven de nada y con sus pasajes, umbrales y peldaños que llevan a ningún lado salvo a la nada.

Y de eso se trata al estar aquí, de no cuestionarlo sino de desatar esa libertad del deseo infantil apresada por la disciplina que impone la madurez del adulto: qué importa si nada lleva a la nada, es un paseo para disfrutar y sonreír, reconectar con la naturaleza y con la otra realidad lúdica.

Porque para eso James construyó Las Pozas: para ser un refugio donde lo absurdo no se cuestiona ni reprime, solo se acata como uno acataba a la imaginación cuando se tenía cinco años.

Miro a mi alrededor antes de salir, la lluvia empieza a caer, las orugas se cuentan por decenas, la vegetación me envuelve y las ilógicas construcciones, mitad palaciegas, mitad esqueléticas, desafían a la cordura que todo adulto, dicen, debe tener en este mundo de neuronas y raciocinio, lógica y normas.

Y sin embargo, ahí están, como realidad posible de un sueño imposible, infantil y rebelde, divertido y desafiante, gozoso de ser un capricho que rompe las reglas de esos adultos bien pensantes de alma vieja.

Y él lo sabía: “Muchos intelectuales me detestan, se dan cuenta que no soy uno de ellos (…) me consideran un niño grande. Ahora que soy viejo digo que estoy pasando por mi segunda niñez. Aunque tampoco es del todo cierto, pues aún no he salido de la primera”. 

¿Quién es Edward James?

Edward Frank Willis James nació en cuna de oro, hijo de un magnate estadunidense y una mujer de la nobleza británica, con una infancia rodeada de 25 mil metros cuadrados de jardines y bosques en West Dean House, al sur de Inglaterra.

Fue amigo y benefactor de Dalí –en alguna ocasión lo acompañó, junto a Zweig, a conocer a Freud; en otra, le encargó el ya famoso teléfono-langosta–, a quien le regaló un oso polar disecado, además de fomentar amistad con Leonora Carrington, Coco Chanel, Picasso, Max Ernst, Henry Moore, Aldous Huxley y otros tantos.

“El loco gringo”, como al principio se le conoció en Xilitla cuando, dicen, llegó envuelto en papel higiénico, fue todo un personaje imposible de desligar de Las Pozas, reflejo de sus anhelos, caprichos y sueños.

Notas Internacionales

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